Acoso escolar, el dolor cotidiano

-Pues ayúdame a entenderlo.
-Estoy harto de que insultarme sea normal.

Este diálogo (de Los nombres del fuego) no es ficción. Es la reproducción exacta de algo que una vez me dijo un alumno y que cambió, para siempre, mi perspectiva de su realidad. Porque había olvidado -supongo que, por pura supervivencia, todos intentamos hacerlo- cómo duelen ciertos lugares de la adolescencia, así que ahora caía en una insufrible condescendencia que era lo último que aquel estudiante necesitaba. No sé si supe intervenir, ni si estuve a la altura, pero desde entonces no he dejado de revolverme cada vez que escucho alguna de estas frases:

Son cosas de críos. Rollos adolescentes. Lo típico a su edad.

No sé cuántas veces las habré oído en los pasillos del instituto. Pronunciadas a veces por ciertos profesores, a veces por padres, a veces por los propios alumnos: todos dispuestos a asumir rápidamente ese cómodo discurso de la minimización. A fin de cuentas, ¿qué importancia puede tener hacer ciertas bromas sobre algún compañero o alguna compañera de su grupo? ¿O que a un estudiante no se relacione con los demás? Total, “siempre ha habido tímidos, ¿no?” Por supuesto, también están los que insisten en argumentos tan válidos como “esto ha pasado siempre” o “en mi tiempo nadie hablaba del bullying y mira qué bien hemos salido”. Frases irresponsables e irreflexivas que contribuyen a consolidar la práctica del acoso como una realidad indeleble -y, peor aún, asumida- en nuestras aulas, como si fuera algo que debemos integrar, sin más, dentro de la vida educativa.

Hasta que nuestra burbuja de comodidad y ceguera voluntaria se quiebra porque suceden tragedias como la de Diego, un chico de 11 años que, ante el pánico que le producía volver al colegio, saltó por la ventana. Un dolor cotidiano y real, contumaz y físico, porque el dolor -provenga de palabras, de gestos o de ausencias- siempre acaba haciéndose físico, un dolor tan abrumador como para hacerle tomar una decisión desesperada y que, ojalá, jamás hubiese tenido lugar. Resulta difícil escribir algo así -pensar en algo así- sin sentir un estremecimiento profundo, una rabia inmensa hacia todos los culpables. Y esos culpables no son solo quienes le acosaban de modo activo (qué cómodo es encontrar siempre culpables inmediatos, ¿verdad?) sino también todos los que miraron hacia otro lado mientras esa situación se producía. Y quienes favorecen esa invisibilidad del dolor, tras haber convertido, ley y recortes en mano, nuestras aulas en un desván de niños y adolescentes donde se suman vidas como si fueran números.

Pero el dolor de hoy, el que nos deja mudos ante la muerte de Diego, durará apenas unos días. Los que tarde en aparecer otra noticia que llene titulares y tertulias televisivas. Después volveremos al discurso de siempre y nos pedirán que no saquemos las cosas de contexto. Habrá incluso quien nos recuerde que palabras como maricón, cabrón o puta son muy comunes en español y que se dicen siempre con mucho gracejo y mucha soltura, así que verlas en la pizarra o en un pupitre no merece comentario alguno. Mejor avanzar en la materia que toque y atiborrar de contenidos a esos alumnos que seguirán insultando a sus iguales con inocente desparpajo. También habrá quien cargue las tintas contra las redes sociales, como si ellas solas pudiesen elegir acosarnos, y hasta quien se escudará en que es bueno hacerse fuerte y endurecer el ánimo con experiencias así. La ignorancia del dolor -el profundo dolor- que sufre el estudiante que es víctima de acoso permite decir barbaridades como esas y evitar una reflexión necesaria que, lamentablemente, nos pondría ante el espejo de nuestra inacción. Porque en el acoso somos todos culpables. Alumnos, docentes, familias, medios de comunicación e instituciones educativas: o asumimos de una vez nuestra responsabilidad y decidimos trabajar conjuntamente o tragedias como la de Diego seguirán sucediendo.

Acoso escolar, el dolor cotidiano (este es el enlace de la información detallada sobre el acoso escolar)
http://blogs.culturamas.es/fernandojlopez/2016/01/20/acoso-escolar-el-dolor-cotidiano/

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Una respuesta a Acoso escolar, el dolor cotidiano

  1. Mónica Escoda dijo:

    Querido equipo: Aprovechando este artículo que habéis mandado, sobre la invisibilidad del dolor que sufren los escolares, quería preguntaros si habéis pensado organizar una campaña, charla, cualquier tipo de propuesta reivindicativa contra el mal que afecta a esta sociedad, que es el insulto y la descalificación. Y lo que es peor, si de chavales hablamos, el hígado se inflama al ver a padres que toleran que su hijo insulte y machaque al personal frente a la atenta y callada mirada del aforo. Una campaña que impregne, que nos cale hasta los huesos a profesores, escolares y, naturalmente, a los padres/tutores. Gracias. Un abrazo, Mónica Escoda

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